Boat love

Me entero ahora -hoy- de que una de las cosas más prodigiosas de la música española -y mundial- es la adaptación de una zarzuela.

No hay palabras para describir esta canción, como todos sabemos.

El novio de 19 años de Lorca pudo haber sentido algo con esto:

Coca Cola

Ahora que se acerca el día de la madre se me viene a la mente la Coca Cola, porque mi madre, yendo de fina, en las celebraciones siempre nos coge a uno de sus hijos un vaso de Coca Cola (en mi familia la Coca Cola llegó ya pasada la Universidad, para que os fijéis cómo son los avances), y cogiendo ese vaso de espumosa Coca Cola, lo mira y dice:

– Argh, no sé cómo podéis beber esto, todo química…

Y acto seguido hace con la Coca Cola:

– Glogloglogloglo

Es decir, se bebe la Coca Cola.

Y vuelve a decir:

– Puaj, sabe a medicina.

Y vuelve a hacer con la Coca Cola:

– Glogloglogloglo…

Y vuelve a decir:

– Buf, qué asco, todo química

Y entonces a mi madre se le achispan los ojos muchísimo, por el efecto de la Coca Cola.

Shot to trot

Yo no era esto lo que quería decir.

Lo que quería decir es:

Estuve en Natal y tuve una sobrina nueva preciosa, pequerreuchísima y que ya reía al minuto dos. Tiene un nombre muy feo, y un padre no precisamente agraciado y divertido (pero sí buena persona), así que todo cuadra en el puzzle de los nenucos gigantes.

También quería decir que:

Ya no tengo miedo a ser viejo y no tener dónde caerme muerto, porque ahora sé que volveré a Natal tranquilamente, que aunque es la ciudad más fea de España pues mis padres han arreglado una habitación en casa que sin querer les ha quedado preciosa y como le dije a mi madre:

– Mamá, parece un hotel
– Pues fue idea del escayolista

Y allí estarán mis amigos de Natal que seguro que me llamarán todo el rato viejo marica verde (que yo no seré nada verde), pero con los que me parto de risa y discutimos cómo arreglar el mundo sin parar, porque yo los desquicio todo el rato para solaz general. Porque algunos de mis amigos egoístamente no van a tener hijos (yo tampoco los tendría, ni aunque no fuese desviado perdido… qué difícil composición), con lo que seremos viejunos solteros viendo series y películas y pidiendo pizza todos los días de nuestra jubilación.

Recordar a mis padres en la habitación del escayolista y tomar lingotazos de bourbon (también llamados SHOTS) que no dejan nada de resaca, con mis amigos. Eso es lo que haré.

Viva el futuro. Manque pierda.

Bum

Bueno, pues vengo al cabalogrande poque estos días me levanto tempranísimo tempranísimo, que ya se me abren los ojos y ya empiezo a reflexionar sobre la vida, sobre los tomates ricos y el dinero. Y ya me dan ganas de levantarme.

Y me levanto, mirando este pelo que parece una nube de algodón de azúcar, que se pone así parriba pero tampoco me da apuro en la intimidad de mi supersuperintimidad.

Yo ya creo que no voy a salir de aquí ahí.

Que así seah.

Y me levanto tan prontísimo no porque esté mal en la cama, que hasta miedo me da cuán a gusto me siento yaciendo en ella (no olvidemos: el mejor colchón de la historia), tanto que a las once de la noche ya estoy piticlineando en ella con el iPhone (en vez de leer unos buenos libros con letras… ese es un objetivo de déficit para este año).

No sé, vivo como en un raro ambiente autofamiliar. Como en una grúa. Ya lo expicaré.

Y vengo al cabalogrande para poner este vidéo que vi el otro día en la tele y que después lo puse en el proyector y hoy pongo aquí, en la lógica de los membrillos comunicantes:

Pues vengo al cabalogrande para decir que todos somos un poco así. Primero una ingenua cebolla flotante en el hiperespacio estelar… y después ya somos otros satélites porque nos inundan mares volcánicos, nos impactan meteoritos (que yo siempre me pregunté cómo es posible que una piedra grande genere el efecto de hecatombe y acabe con árboles, con los dinosaurios y con todo… pero claro, es que tiene todo el universo para coger carrerilla)… algunos gigantes y que te dejan un agujero que te cambia la órbita.. pero también otros mucho más chiquitos, inesperados, cotidianos… que son como pequeñas explosioncitas aleatorias que acaban por construir tu personalidad, ajustar tu reflejo y dibujar los cráteres de esa zona oscura que todos tenemos, donde nunca da el sol (ni la ensaladilla).

Que parece que no duelen, pero caray.

Sedimenta, que algo queda.

Reflejos en el estanque ahumado

Esta mañana venía andando por la calle y a veces que te miras en los portales o en los escaparates, queriendo sin querer (quién no se ha mirado en un portal, entre barrotes sucios)… y de repente me vi y caí en la cuenta como quien baña a un gato: parezco un señor con pañuelo.

Que no es un pañuelo, que es una bufanda tie-dye (suena a té chino).. pero claro, a las ocho y media de la mañana no hay refugio que valga para la verdad.

Parecía un pañuelo.

Y yo no quiero ser señor con pañuelo. Como no quiero ser otras cosas.

Lo que quiero decir es que desde que soy un señor -y ya no un joven ni un post-nada- uno cae en la cuenta de las cosas con las que va a tener que lidiar en el futuro.

Y uno se pregunta mayestáticamente qué tal lo hará. ¿Sabré driblar a las pequeñas trampitas que cuelgan como cerezas del árbol de la vida?

Quién sabe.

Tengo problemas con mi pelo.

Que es que tengo mogollón, joder.

Read my lips

El sábado por la noche me morreé con uno que no me acuerdo de nada (piiiiiiip – novedad: Desde hace un tiempo -poco, porque yo ya no salgo (mentirosamente)- tengo superlagunas borracheriles.. sencillamente no me acuerdo. Ni de qué hice, ni con quién, ni qué música sonaba, ni cómo llegué a casa, ni nada… Nunca me había pasado. No es que tenga nada especial que rememorar como quien machaca ajos, porque sigo siendo un tierno cervatanillo y mantengo la compostura y nunca hago cosas indebidas salvo sacar -a veces sí- al mongo que llevo dentro. DIVERTIDO NO ABURRIDO. Eso está very well).

Pues decía que me morreé y después fuimos a su casa y chingamos y tal y fenomenal. Yo en cuanto fui recuperando la conciencia (que antes no me acuerdo de nada, y eso que sólo bebo vodkatónica y birras frescachonas) fui simpatiquísimo, de esas pocas veces que me sale la personalidad fondue… que yo no sé de qué fuente emana esa personalidad irresistible que hace que te pidan el teléfono y hasta te acompañen por la abrasadora luz solar adelante, porque no tengo ni puta idea de dónde estoy en la mañana de la vida.

Bueno, pues lo que quiero decir es que morreé, que yo soy de morrear total, la gente que no morrea no es mi estilo (eso sí, no en lugares públicos ni en la calle, que eso no me gusta nada… salvo que sean las cinco de la mañana y sepas que dentro de unos minutos vas a chingar… esos momentos en los que coges a tu partenaire de las solapas y lo vas lanzando contra los portales… como en un enhiesto juego de la Oca).

Pues morreé, tanto debí morrear (o ser morreado) que ya van más de 3 días desde entonces y aún tengo los labios en cal viva. Que parezco Lana del Rey. Y me han salido una especie de ronchas superinjustas y verdaderamente odiosas en todo el territorio del morreo.

He llegado a tres conclusiones:

CONCLUSIÓN 1- Mierda molida… tales afecciones epidérmicas me impiden pretender morrear más de dos jornadas seguidas. De repente me ha entrado el canguelo de que alguien me guste y con el que pretenda morrear dos días seguidos (¿eso hace la gente?)… y yo no puedo ir a ninguna cena romántica precoito y postcoito con los labios de Carmen de Mairena. Que le salgan sarpullidos a la puta madre de Jorge Lorenzo, y no a mí, no te jode. Yo veo esto en el terreno de la injusticia. Mi aspecto del amor me impide ir al gimnasio, me obliga a mentir a mis amigos, me hace hablar para el cuello de la camisa cuando se pida de mí un hombre ser. Y claro… lo que más rabia me da es que me obliga a buscar excusas para no volver a ver al chico de anoche, que aunque quiera volver a dormir conmigo, por mucho whatsup que haya bajo las estrellas… yo algo me tengo que inventar para no dormir con él y sí ver la Noria con mi lámpara de pie. Unasco.

CONCLUSIÓN 2- Ya lo sé, esto es súpervictimista y supermariquita, pero es muy muy muy difícil no creer que dios me odia. Me odia especialmente en el terreno de los morreos con hombres (aunque seguro que también me odiaría en el de las mujeres, el hijoputa). Tengo muchísimas muchísimas pruebas de ello… D me lo ha reconocido alguna vez: que soy la persona con peor suerte del mundo en el terreno del morreo. Si yo os contara o contase… hasta este verano, este novio postpúber que me eché de una semana y me dije ancho es el queso de tetilla… pues por ir de freestyle generó unas imprevisibles consecuencias que fueron una auténtica mierda y que cambiaron todo y que probablemente aún estoy pagando. Por no mencionar mi historial amoroso que, salvo honrada excpeción, está cubierto del mismo -y mentado- material que los premios Cervantes.

CONCLUSIÓN 3 – SOY ALÉRGICO AL AMOR.

The Walking Dead

¿Qué es lo que hace The Walking Dead?

The Walking Dead nos pone ante todas las preguntas que siempre me me me nos hemos hecho.

Acojonantísimamente -y nunca mejor dicho- todos los lunes me acogoto ante el proyector para descansar del fin de semana, y veo empantallado el futuro de mis pesadillas que recuerdo desde que era un crío. Veo la vida pasar. A lo superbestia

Nos enfrenta -y nunca mejor dicho- ante el hombre. Ante yo. Ante mis maldades. Y ante mis bondades… (¿quiénes serán esas señoras?… Seguro que tienen pechos bien grandes).

Nos enfrenta en muchas capas, muchísimas.

Tales capas van desde el Mundo Pavor en el que tienes que ver muertos andantes que una vez fueron tus madres, tus hermanos, tus amigos… (hay cierto candor hasta en su única obsesión masticante, qué culpa tienen ellos… y vagan y vagan y vagan…), pasando por las preguntas más filosóficas y profundas que uno puede hacerse jamás en la cola del Burguer King: viendo a esa gente ignota con sus familias, con sus novias, con sus guardias de seguridad bañados por esa tristeza que imprimen las hamburguesas de tres pisos.

¿Qué haría yo por ellos? ¿Algo? ¿Acaso tengo que hacer al-go?
Son muy profundas las preguntas que me hago con The Walking Dead. Como un chupito de tequila.

Cada uno tiene sus obsesiones y carga con sus dioptrías. Yo tengo la obsesión -que tiene el peso de un yogur natural- de que quién sabe si algún día nos tendremos que enfrentar a esas decisiones.

¿Seré yo capaz de salvar a alguien?… ¿sabría jugarme el tipo defendiendo a quien quiero creer que quiero? ¿Y si no es así? Cuánto de egoísmo y de fantasía ombliguista hay en esto de pensar que eres capaz de todo y de todo lo contrario?

¿Qué nos cuenta esto?

Me preocupa mucho la humanidad. Y la actualidad. Y todo aquello que quepa por las barandillas de una portería de rugby.

Tengo que decir una cosa: Yo creo en la violencia. Creo en ella. Creo que tiene su propio valor…

Conocidas son las razones de la fascinación del hombre por los zombies. Yo caigo en ese barreño de lleno, con harto gusto. Pero The Walking Dead añade -desde esa granja de la América Profunda, con esos acentos nerd, con esas pequeñas lecioncitas de desesperanza, con esos personajes torcidos- algunas vetas más a este machete. Es muy difícil no verse en Aldealandia enseñando a mis sobrinos a chimparse zombies con unas flechas de pino. Entre ceja y ceja.

Yo estoy todo el rato pendiente de que no le salpique a nadie la sangre de un zombie. Porque debe ser contagiosísima.

Siempre que veo The Walking Dead la tengo que parar dos o tres veces.

Porque me duele -y me duele de verdad- aquí. Así que tengo que ponerme a Magis Iglesias unos minutos, para coger aire.







The Walking Dead. Cosas que importan.



Lori. Sin concesiones.