Fields of gold

El otro día vi un documental (yo veo muchos documentales que me arrancan lejos, lejos , y hago míos con la intensidad del mango de una batidora) en el que hablaban de la belleza de los campos de té. Y eran efectivamente hermosos, así de un verdísimo ensanchado y cuadriculado, como un mantel gigante por la superficie de una corteza terrestre que más bien parecía un manto.

(Qué particulares son las denominaciones de los cachos de la tierra, como si fuesen capas de un helado de naranja).

Y decía que a vista de pájaro (mentira, debía ser una avioneta que no barata) era todo muy hermoso y vegetal, como un gigantesco edredón de musgo, en plan bien. Pero si te desperezabas del abrazo del sofá y te acercabas un poco a la tele como si fueses un inspector de hacienda, intentando rascar en los números ajenos, veías a aquellas pulgas humanas pequerreuchiñas hundidas hasta el pecho en esa especie de charco de teína, afanados, afanados, afanados en un esfuerzo ímprobo por coger todos los millones de hojas del té que les circundaban. Era como si tuvieses que coger toda la espuma del mar. Algo imposible. Un trabajo anegante.

Pero allí estaban, aquellos señores y señoras encharcados que componían una imagen bellísima, pero cada uno con su esfuerzo húmedo e imposible, directos a la conjunción del reúma. Venga a recoger hojas del té. Hasta el pecho.

Yo pensaba primero en las serpientes. Es un pensamiento que tengo. ¿Y no les dará miedo de que vengan las serpientes nadadoras y les muerdan las canillas? ¿Cómo ves venir una serpiente sibilina para la que supones la única novedad de su vida reptilínea? Es que te van a picar, aunque sólo sea por diversión.

Yo alguna he visto, circulando entre los vasos del Nasti.

La otra cosa que pensaba era en los ingleses. Putos ingleses, que con vuestra costumbre de las cinco estais provocando esta esclavitud reumática. ¿Cómo podéis soportarlo? El té debería estar prohibido, con lo barato e inútil que es.

Yo no soy de té.

Estoy viendo esta mañana las imágenes panorámicas gigantes del Orgullo Gey. Desde muy arriba, fiuuuu. Desde las terrazas de los ricos de la Gran Vía, por un suponer. Y componen una imagen bastante impresionante, bella y digna de una ciudad sin parangón en todos esos sitios en los que no he estado. Veo esas mareas humanas de color carne, moviéndose en vaivenes imantados, como los inmensos campos de las hojas de té cuando sopla la brisa… que tú siempre piensas que la brisa va sólo para un lado, pero en realidad hace remolinos y se contradice a sí misma, porque la vida es realmente caprichosa. Y en todo ese marasmo que yo celebro se me ocurre pensar en los recogedores de té, pequeños solitarios afanados y perdidos en ese mar paroxístico. Qué estarán pensado. Cuánto trabajo tendrán por delante. Y si el mundo está hecho para ellos.

Mira, la Gran Vía

No sé por qué pienso esto.

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¿Que quién soy?...¿Y tú me lo preguntas?

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