¡Sachemos!

Pues sí, ayer vi THE ROAD.

Jo. Jo. Y jo.

La tecla mágica de las películas es que, si se trata de lo primero que recuerdas al despertarte, es que ese film ha hecho veta en ti. Y yo, como estoy lleno de grietas…

Menuda llorera.

Claro que he de confesar que The Road fue lo segundo o tercero de lo que me acordara o acordase esta mañana. He de decir aquí que algo pasa con mis sueños personales. Algo bien raro y misterioso como una alfombra de ostras. Desmenucémonos:

Tema A:

- ¿Se acuerdan de aquellos sueños locos que me despertaban hipando y con unos lagrimones que encharcaban hasta el colchón (lo mejor de mí)? En plan no me reconozco ni humanamente ni deshumanizadamente. Bueno, si no se acuerdan yo sí. Y les juro que es una maldición que no deseo ni a un consejero de la Comunidad de Madrid (que cuando vives en Galicia te crees que esos Consejeros tan paletos sólo existen del Miño parriba…pero yo les digo que también existen del Miño pabajo) Qué puta angustia pasaba yo con esos sueños del averno, que era como vivir en un derrame pleural. Bueno, pues la noticia buena de las últimas semanas es que…¡han desaparecido! No sé muy bien cómo ni por qué, pero ya no me despierto en medio de la noche con el sonido ahogado de una gaita sin fuelle. De verdad, qué puto descanso. Aunque creo que sí sé por qué es, pero me da toda la vergüenza decirlo aquí sin asustar a mi médico de cabezuela.

Tema B:

- Sin embargo, o nembargantes, han vuelto a mí con furor verdaderamente criminal los sueños de persecuciones con asesinos, garajes, acuchillamientos y atosigamientos. Que étsos son día sí, y noche también. ¡Que así no hay quien descanse! Y si antes me despertaba anegado perdido (eso sí, sólo uno ó dos días a la semana, no más), ahora me despierto en plan resorte humano, gritando: ¡JODER! ¿Como en las películas? Pues así. Mucha película hay. La mayoría estas pesadillas son de persecuciones y de matamientos. Pero estoy supermosca con el sueño de anoche, que recuerdo tan vívidamente que lo podría pintar en el bidé: Pues resulta que yo había asesinado -hace tiempo- a B. B es una mujer maravillosa que me surtió de apuntes durante toda la carrera y que hoy es una honesta madre de familia que seguro que ni se acuerda del morro que tenía yo. Es, de hecho, casi familia. Y de verdad que le tengo mucho mucho cariño, porque sin ella no hubiese aprobado esa carrera que nunca me sirvió de nada. ¿Pues no voy yo y la asesino? Conste que en el sueño no la asesino, en el sueño me entero de ello. Hostia, qué agobio me pillé. Lo que quiero decir es cuán intensas son las emociones de los sueños, y cuán reales parecen. Al pánico de las persecuciones y de la cárcel (buceando en la lógica más crazy, para inventar toda suerte de artimañas y coartadas) poco a poco se iba sumando el agobio mundial por haber asesinado de verdad a la buena de B. ¡La había matado!…¿cómo iba a mirar a la cara a mis amigos? ¿Debía confesar o no? De verdad, suena exagerado, pero créanme que no mensajero nada si digo que me sentí Dolores Vázquez total. Qué mal lo pasé, coño. Hasta que me desperté de un chimpo a las tantas ya con luz de mañana, en una habitación fría como el vapor de la madera muerta

La pregunta, en general, es: ¿por qué?…¿a qué coño viene todo esto?…y sin cenar pizza ni nada. Y claro, para no volver a soñar con la misma historia me tengo que levantar hasta el lavavajillas, tocarlo, decir “rebota y explota”, y volverme a la cama, en la que me siento en ángulo recto con un cojín detrás. Fíjate cómo es que se me ha quedado un remolino por atrás, en el pelo, aún después de la ducha y todo. Dan ganas de preguntarse quién coño está haciendo ganchillo con mis conexiones celebrales. Que pare ya, que me envenena el alma!

Claro que prefiero una muralla china de sueños criminales que un solo ladrillo de los sueños anegantes. Porque en los primeros, como creo que he dicho alguna vez, doy saltos y chimpos y vuelo, aunque a veces los malos me cojan por la zapatilla, que me da una rabia que me descalcen…

Pues esta mañana de lo primero de lo que me acordé es de a ver cómo pago el piso el mes que viene, lo segundo la pesadilla asesina y lo tercero, ya llegando al baño de una casa que no me puedo permitir, de THE ROAD.

He de decir aquí que yo no tengo ni puta idea en cuanto a su calidad cinematográfica. O sí, pero no. Yo ya he escuchado dos versiones diferentes de dos directores de cine especialistas en lo suyo, para que vean que no hay forma de crearse opinión. Yo lo único que sé es que yo veía la carretera llena de ceniza y…Uf.

¿Por qué nos gusta tanto LA CARRETERA?…que le dieron muchos premios y les gusta a muchos millones de personas, no una, ni dos, ni cien…así que aquí no somos nada especiales ni nada. Hasta a algunos gilipollas, les debe gustar.

Siempre me lo pregunto: ¿Los gilipollas saben cuán gilipollas son? Yo creo que no. Porque si viesen La Carretera u otras muchas obras hechas con personas con corazón les entraría un sonrojo bastante acusado. Pero ellos no se sonrojan por nada, que es que son gilipollas y de qué se van a andar preocupando…

Bueno, pues THE ROAD a mí me lleva a mis noches de domingo, cuando no podía dormir y la única forma de confortarme era pensando en que se acababa el mundo y quedábamos tres gatos en peligro súpermortal. Yo el peligro se lo adjudicaba a nazis russos o también, y he de decir que me da un poco de vergüenza este comentario tan antianlianza de civilizaciones, a moros irracionales. Es que esos cuchillos en forma de media luna que tienen deben rebanar que ni te cuento.

Bueno, pues en esos domingos en los que yo no podía dormir porque no había hecho los deberes, o porque al día siguiente tenía que volver a trabajar a un sitio que odiaba pero me permitía pagar el alquiler de mi vida a solas, o porque no sabía qué iba a ser de mí…yo imaginaba que se acababa el mundo. Mano de santo.Y acto seguido me sentía mucho mejor pensando en que me iba a colgar de las cañerías, con una bayoneta en la boca incluso, para entrar por las ventanas de los edificios vacíos en los que guarecerme a mí y a las personitas que en ese momento tuviese a bien salvar. Que siempre fueron las mismas, más o menos. El cambio cualitativo en materia de salvamento se produjo con la llegada de mis sobrinos, dos niños increíbles por los que, de verdad de verdad, vale la pena luchar hasta que el mundo se apague. Cuántas veces he pensado así un poco emocionado en el frío que iban a tener mis sobrinos en un mundo oscuro y cruel, porque yo ya sabía antes de que llegase La Carretera que ese futuro iba a ser húmedo y lleno de ceniza. Que se te enfrían los pies y todo bajo las sábanas, sólo de imaginarlo. Y pensaba en cogerlos y arroparlos tiritando y decirles no os preocupéis que está aquí el tío A y mientras pueda os defenderé aunque sea con un palo y una goma de las de cerrar el pan bimbo. Que yo fui Boy Scout! A ver para qué creen ustedes que yo me veo todo cuanto documental hay de supervivencia. Yo hasta me había hecho mis planes mentales para ir desde Capital, recoger a las personitas que hubiese que recoger con bastante aventura y miedos y peligros, hasta Natal. Menos mal que siempre me ha gustado conducir.

El destino siempre era el mismo: Aldealandia. Aldealandia es un sitio inhóspito y dejado de la mano de dios, en las montañas de Galicia, donde vive Gabriel. Allí no hay nada, pero el agua es muy pura y es todo muy puro porque apenas hay civilización ni ordenadores, ni cosas. Eso sí, hay muchos árboles y cada vez que vamos mi familia se mete una comilonas…Yo odiaba Aldealandia de niño, la odiaba porque en mi casa en Natal (en plena ciudad, ojo) había una huerta con berzas y gallinas de mi abuelo que ya murió (aunque yo no le lloré todo lo que debía y por eso a veces creo que también sueño con él, como que le echo de menos) y aquello me parecía una paletada que, de verdad, es que me mortificaba vivo. Yo creo que me hubiese dejado cortar una oreja o un fuciño antes de dejar que algún compañero del colegio viese aquella huerta tan atrasada. Después fui madurando y en vez de la huerta ya hicieron un garaje, entonces ya las plantas estaban en el monte y me reconcilié con ese sitio natural. Y siempre he pensado que a Aldealandia no llega ni un ataque nuclear, de lo limpio que está todo. Así que la lógica de la supervivencia nos conduciría. Allí.

Y bueno, ya en ese entorno tan básico yo lideraría la civilización renaciente porque aquí donde me ven sé conducir bueyes y tractores….y cuántas veces he sachado para sacar las patatas. O para sembrarlas, echando asqueroso estiércol encima….un día, mi abuelo (mi otro abuelo, el que está vivo) me dijo ante ese producto que yo no sabía lo que era, y que estaba lleno de pinchos de los toxos secos:

- Cólleo coa man e bótallo por riba!!

Lo hice por darle gusto a mi abuelo, a quien todos queremos mucho aunque sea muy facha. Y son las típicas cosas que haces por los abuelos.

- Pero abuelo, ¿esto qué merda é?

-¡¡ Jo jo jo jo jo jo jo!!

Hay que ver cómo se reía mi abuelo. Ese mismo día, que era el día de San José, le hice una foto a mi abuelo abriendo una ventana todo sonriente, que hoy está enmarcada en todas las casas de sus hijos.

Siempre digo que esa foto la hice yo, pero nadie me cree. Debía tener unos doce años. Cuando vi esa fotos reveladas pensé: quiero ser fotógrafo.

Después no fui fotógrafo.

Bueno, yo digo todo esto con todo el morro que tengo. Pero si algo he aprendido de La Carretera es que hay más gente en el mundo con ese tipo de morro. Que se ve clarísimo en LA CARRETERA. No es que yo me quiera equiparar a Cormac MacCarthy (que no sé si es con “a” o sin “a”, pero como me pare a mirarlo no acabo nunca) pero está claro que ahí hay una pulsión atávica, esencial. HUMANA. Que sentimos muchos. De cuando podrías describir con los ojos cerrados esos paisajes de un mundo que ha explotado en mil incendios, de cuando la gente que quieres se va delante de tus narices a morirse para ti para siempre ante tu absoluta desesperación, de cuando los demás se comen niños crudos, de cuando los recuerdos son pianos llenos de polvo, de cuando todo ha sido arrasado y sólo hay frío, dolor y cenizas y mañana va a ser un día mucho, mucho, mucho más terrible que hoy. Pues sólo puedes pensar en abrazar con tu plumífero mojado y sucio a un niño que se merece que le pases la mano por el pelo y le cuentes el pequeño cuento de los melocotones en conserva.

Aunque sólo sea para recordar que un día, una vez, fuiste como él. Y llevabas el fuego.

- Body Language: Glance (Toro y Moi remix)

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