Noventadoscientosdiez

Pues como-no-sé-cómo hacer…y aquí siempre estoy removiendo en los cajones para ver si encuentro el usb que al final me diga quién coño soy…pero me encuentro cuentas de gemelos y de un collar surfero…también calcetines desparejados y billeteros viejos. Cosas de casas distintas, que llegaron hasta aquí en plan extrema unción, urbi et orbe.

Algo que he aprendido en el 2009: deshacerme de todo. Las cosas que deshechas, sencillamente, no existen. Viva la Olvidocracia. Va chic.

Basculemos, por una vez, hacia el futuro. Me gustaría decir que no le tengo miedo a ese señor uniformado con bigote, pero es que de niño no me gustaban las espinacas. Y ya he desistido de forjarme en hierro las abdominales. Creía que si endurecía mis flancos por ahí no iba a entrar ni el aire que respiro.

No, no es así.

Pero no puedo poner aquí la palabra “miedo”. Porque sería como cultivar hormigas. No puedo. No debo.

De niño, y de mayor, y ya de más mayor porque recuerdo recordarlo, todos los fines de año hacía lo mismo. Minutos antes de las campanadas, me iba yo solo al cuarto de baño que se construyó ganándole terreno (como unos países bajos de los inodoros) a la terraza donde de pequeño me dejaba vivas las rodillas. En aquel cuarto de baño (en el que siempre hizo mucho frío porque no se puede luchar contra el poder de la naturaleza), minutos antes de las campanadas, me encerraba yo y hacía mi pequeño rito de cerrar los ojos y apretar mucho mucho los puños y desear muy muy  fuerte las cosas buenas que me merecía. Y si no me las merecía se trataba de cosas que debían caer como las manzanas de los andamios.

Que yo recuerde, aquella intensidad nunca dio sus frutos. Nada depende de los ritos voluntarios. Todo siguió igual, un año tras otro.

Este año, que tengo todas las papeletas para desear cosas ciertas y concretas como el aluminio, no lo hice. Lo llegué a pensar estando sentado a la mesa y ya un poco piripi en casa de los padres de D, pero me dije que mejor no verme entrar en el baño a pensarme ni medio segundo. Déjate llevar, le dije a la riquísima lubina a la sal.

Dicen que desear fuerte según qué cosas te lleva al estreñimiento. Odio la escatología.

Lo que quiero decir es que no pintemos aquí las cosas que se pueden cazar con caña. No. Entreguémonos al pisar arena. A la madera sin afeitar. A enseñar cosas haciendo dibujos con el índice. Sobre el estómago el calor de que todo está bien, por una vez, y quién sabe si va a ser así siempre. Derrotados, pero valientes.

No le puedo tener miedo al futuro, porque esa hamaca me espera.

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