Bueno, pues como estamos en Navidad y mi madre está pasando la aspiradora y hace un ruidaco del que ya no guardaba recuerdo, voy a contar ahora mi primera experiencia sexual, así sexual con equis.
Se ve que las fechas señaladas se inundan en capricho.
Yo creo que lo que me lleva a desgranar esta actividad hoy es que ayer estuve hasta las cuatro y pico de la mañana leyendo las memorias de Tennesse Williams, así con una manta encima, y éste es que no para de decir cuánto liga con jóvenes bien parecidos que podrían ser estrellas de cine…y que aún así empezó muy tarde y después tuvo que coger carrerilla. Claro, yo me pongo en la autoaplicación -¿puedo hacer otra cosa?- y me da todo el miedo a que un día me dé por coger carretilla y el tiempo me coja por el pescuezo y me ahogue y se me ponga esa mirada lasciva que él mismo denuncia desde una perspectiva muy carca en ciertos señores mayores.
Yo creo que soy de otro estilo, que no es mejor ni peor sino diferente.
Hablando de T.W., digo que ahora estoy embebido, y sólo quiero conocer a gente bohemia y talentosa en cuanto vuelva a Capital, y darles todo lo que tenga en mi interior y hacer con ellos viajes aunque sea de cuatro perras. Ya más tarde iríamos a Acapulco, NY, Nueva Orleans y esos sitios maravillosos en los que emborracharse se convierte en una palabra llena de belleza. Pero eso, conocer a gente bastante refinada y también bruta pero con encanto, y batirme en duelos dialécticos llenos de ingenio es lo que quiero. Saldría perdiendo en esos duelos, pero quién dijo que hay que ganar siempre.
Y como soy obsesivo perdido bien se ve que ahora estoy en la obsesión Tennessewillinsiana, que es que no puedo parar. Ya no hago otra cosa que leer parriba y leer pabajo, con el peligro que tal actividad entraña. Me convierto en otra persona total, y me creo que fumo en pipa en salones art decó. Leer es lo que más más más me cambia el carácter de entre todas las artes existentes. Lo que más me afecta. Y a veces me pongo de chulito subido, y me absorbo y me elevo. Vamos a decir me avsorvo y me elebo.

Tennesse de jovencito, cuando aún no sabía qué quería ser
Pues descendamos al leit motiv de la entrada de este diario, que más que diario parece un guardamuebles. Allá vamos.
Hagamos una espiral espacio temporal así como con muchos colores. Mi ideal sería en plan títulos de crédito de Saul Bass, que dieran vértigo.

Mirad qué calcetines hacía Saul Bass
Nos encontramos en el año…yo no sé qué año sería, pero yo ya estaba crecido como un dátil…que tendría…¿dieciséis? Mi primer contacto cárnico con otro semoviente (sin contar mi guapísima novia Marina…¿o contando?…eso lo cuento otro día y dejo ahí la duda, sembrada como una zanahoria) se produjo en, fíjate por dónde, la ciudad Olívica.
Ay pero no, coño, fue mucho más tarde…Ya ven que tengo la memoria como un felpudo, irrespirable. ¡Debió ser mi primer año de universidad!..ay…¿veinte años?…ugh…ya no sé si quiero contar esto. Ahora, con perspectiva histriónica, me parece muy fuerte tal tardanza. ¿Será verdad?..ugh, creo que sí…y creo que por eso envuelvo los recuerdos en éter, para que no me atrapen como una araña.
Pero como siempre me pasa, una vez lanzado el guincho, ésto ya no hay quién lo pare. Ea.
Bueno, pues estaba yo de noche en Olívica junto con mis amigotes, que no sé muy bien a qué fuimos a aquella ciudad hoy por hoy apestosa. Yo ya iba a las misas de los Smiths, y me había adherido al rollo Madchester con la pasión de quien se suma al Arca de Noé, creyéndome el único en mi especie y poniéndome camisetas con nombres de grupos para que algún día, quién sabe si en esa glaciación, mi media jirafa me señalase el pecho sobre la popa del arca. Oh, tú. Mucha camiseta había.
Pues recuerdo que intentamos entrar en un paf a las tantas (que otro nombre no se merecen ciertos garitos) y yo iba con mi chaqueta de chandal Adidas vintage azul con las listas blancas, que había sido de mi tío y era increíble-increíble por entonces porque nadieeee la tenía. Súper indie, era yo, algo que me daba más seguridad que un Tom Tom. E íbamos a entrar y de pronto el portero me señala y dice: “ese no entra”. Y todos: “¿por qué?”. “Porque lleva ropa vieja”, dijo la mole. Yo sonreí, tanto en el interior como en el exterior. No soy capaz de describir la ufanidad que me entró con el desafortunado comentario de aquel portero tan paleto. Me crecí como un souflée. Es que me encantó, lo digo completamente en serio. Y mis amigotes reprochándome -como siempre hacían con la boca pequeña porque sospechaban que en algún escondrijo del futuro yo tendría razón- “¡Es que a quién se le ocurre salir en chándal!”
Yo en aquella época me sentía más raro que el vinagre de centeno, y habitaba en la doble vertiente del orgullo por vivir en el mundo de las Nuevas Sensaciones frente a la soledad del pescador de fondo. Mis amigos no entendían nada de aquel carácter mío, de encerrarme con los discos y no hablar en tres días… a veces les hacía la vida imposible, y me dejaban por ídem.
Su paciencia se ve hoy compensada por las enseñanazas que yo creo que les inculqué, de que había otros mundos ahí fuera, llenos de unas gentes y cosas tan distintas que no cabían en un tenedor. Siempre intenté -y espero haberlo conseguido- ser honesto, aunque eso me llevase a una extravagancia que por otro lado me divertía cantidubi.
El día que les dije que era marica, aún muchas lunas más tarde, me convertí en el primer marica que habían visto en su vida. Como quien ve a un jíbaro, se quedaron. Algunos no lo creían y me escrutaban extrañados. No me dio mucha vergüenza, porque yo de aquellas hacía muchas bromas de esas tontas de las que daba gusto estar conmigo. Y así, a todo se le quitaba el serrín. Claro que seguro que me perdí lo mejor, como siempre pasa con las noticias protagonizadas por tu propia unidad de disco, el ¿te enterastes? Vete tú a saber lo que dirían.
Bueno, pues estábamos en aquella cola pre-paf, de la que me vi apartado como metáfora de un mundo al que tampoco quería pertenecer, porque las bandas de mi chaqueta Adidas refulgían como las insignias del cuerpo de los zapadores de neón. Y como yo odio (por encima de todas las cosas que se pueden calentar en un radiador) condicionar a los demás, me eché aun lado y dije hinchado de distorsión: yo paso, entrad vosotros. Os espero fuera.
Y alehop.
Yo era tan grande en general, pero también era un pipiolín. Aún hasta hace poco he sido un pipiolín en muchas muchas cosas, que te crees que el mundo es de una forma pero es de otra…pero no por nada, sino porque nadie te ha enseñado lo contrario. Eso es como cuando estás en la selva y se te hace de noche y dices bueno, pues voy a dormir sobre estas hojas de plátano, que me dormiré con el run rún de la vida salvaje y pensando en Tarzán. Y chuvisca un poquito y como el manto selvático está muy poco consolidado, pues cómo te vas a imaginar que dos gotas en un sitio con tanta planta se convierten en una riada…si nadie te lo dijo antes, o no viste unos buenos documentales de supervivencia. Pues como te pille la riada vas aviado, porque la fuerza bruta de algo tan inocente como el agua es ahogante como una traqueotomía hecha con un bic.
Pues pipioliño de mí, yo me senté enfrente del paf en un banco, al otro lado de la acera y nunca mejor dicho. Pero sin querer. Y allí estuve un rato en aquella noche de verano, pensando, ya borracho y solo, en lo orgulloso que también estaba de mis zapatillas…que las anunciaban en el Rock de Lux, y que aquel portero paleto había vetado. Pero tan pancho. Que yo veía que un fulano se me acercaba y me pedía fuego. Yo nunca fui de los de tener fuego, hasta hace poco que fumo y como chicles. Y aquel pesado venga a pasar y pedirme fuego. Y yo que no, joder…aunque siempre fui muy educado y no le dije nada con malos modos.
Yo creo que a la quinta o sexta vez que me pidió fuego el fulano ya se me sentó al lado. Y recuerdo el momento exacto exacto en el que mi entendimiento hizo ¡Ding!…yo es que de verdad no me cosco de nada. Aún hoy en día me pasa, como contaré en otro capítulo.
Bueno, pues el fulano aquel algo me diría a la sexta o séptima vez que me pidió fuego. Yo lo miré y creo que gracias a dios no me acuerdo de su cara ni nada. Y me fui con él. No pensé en nada.
Pero no crean que voy a contar aquí los pormernores del encontronazo…¡¡para eso tendrán que llevarme al Sálvame de Luxe!!
Y vamos, fue un chim pum del que tampoco recuerdo gran cosa.
No se abrieron las aguas del Mar Muerto ni coronaron pavos reales mi testa al son de las campanas ni nada. Ni todo lo contrario, no me sentí alcatraz ni tuve culpas por las que pincharme con una rueca en un castillo.
Volví al punto de origen y allí estaban mis amigos, que acababan de salir del paf de Olívica. No te creas que me buscaban, pero claro, con aquel chándal era súperreconocible:
- ¿Dónde estabas?
- Fui a mear.
2 Comments
Tanta sinceridad es encomiable. Hay que ver cómo eran las cosas, hace sólo diez años ser maricón era una cosa muy rara en provincias, “no te había de eso”.
Er verdad…el mundo era, sin duda, Otro